Los misterios del SAS

Centro de Salud¿Podrían Ubrique y el comité de expertos ayudar a descifrarlos?

El consejero de Sanidad de Andalucía, Antonio Sanz, ha anunciado un comité de expertos para impulsar una profunda reforma del Servicio Andaluz de Salud (SAS). La noticia puede ser una buena oportunidad para mejorar nuestra sanidad pública, pero también plantea una pregunta muy sencilla: si se considera necesaria una reforma de tanta envergadura, ¿qué problemas se quieren resolver y cómo sabremos si se han solucionado? Porque los ciudadanos no necesitan únicamente nuevos planes. Necesitan comprobar que, cuando piden cita, una prueba o una operación, reciben atención a tiempo.

El SAS tiene motivos para sentirse orgulloso de muchos de sus profesionales y de avances importantes en vacunaciones, trasplantes, tratamientos complejos e instalaciones. También han aumentado los recursos. Entre 2020 y 2026, su presupuesto inicial ha pasado de unos 10.000 a casi 15.800 millones de euros, aunque una parte de ese crecimiento se explica por el encarecimiento de los servicios sanitarios.

Sin embargo, según los datos oficiales de diciembre de 2025, Andalucía tenía cerca de 200.000 personas pendientes de una intervención quirúrgica, con una espera media de 173 días, y una demora media de 136 días para una primera consulta con el especialista hospitalario. ¿Cómo pueden convivir esas mejoras con esperas tan prolongadas? Un presupuesto se mide en millones de euros; una espera, en días de incertidumbre para quien necesita asistencia.

No hay una sola explicación. Vivimos más años, atendemos más enfermedades crónicas, los tratamientos son cada vez más complejos y en algunos lugares faltan profesionales. Pero también merece la pena estudiar cómo se distribuye y organiza el trabajo. Pensemos en los centros de salud. En unos faltan médicos y hacen falta contrataciones y sustituciones; en otros, con plantillas aparentemente completas, conseguir cita con el médico habitual continúa siendo difícil.

Dos consultas pueden tener un número parecido de pacientes y, sin embargo, cargas muy distintas: no es lo mismo atender a personas jóvenes y sanas que a muchas personas mayores con varias enfermedades. A ello se suman las ausencias, los trámites administrativos y la forma de organizar las agendas.

A veces puede haber citas disponibles en una consulta mientras otros pacientes esperan diez o catorce días para ver a su médico. Es como anunciar que hay aparcamiento libre porque queda una plaza reservada para un vecino: la plaza existe, pero no resuelve el problema de los demás. Por eso no basta con saber si el ordenador ofrece alguna cita; hay que conocer cuánto tarda cada persona en acceder a su médico habitual. Y también hay que facilitar la tarea de quienes trabajan en los mostradores: no es razonable que reciban las quejas por problemas que no pueden solucionar, ni que una gestión sencilla consuma tiempo de consulta médica cuando podría resolverse de otro modo.

En los hospitales sucede algo parecido. Se han incorporado quirófanos y equipos diagnósticos, pero siguen existiendo demoras importantes. Un quirófano no funciona solo por estar equipado: necesita cirujanos, anestesistas, enfermería y, en ocasiones, camas disponibles. Conviene analizar qué recursos se utilizan, qué operaciones se suspenden y por qué, y comparar con transparencia los costes y resultados de aumentar la actividad de los hospitales públicos frente a las derivaciones a centros privados.

No para condenar de antemano una u otra opción, sino para decidir con información. También debemos aprender de los errores: las observaciones de la Cámara de Cuentas sobre las listas de espera y los problemas conocidos en el cribado de cáncer de mama recuerdan que detectar un fallo es solo el comienzo. Después hay que explicar cómo se corrige y comprobar que no vuelva a repetirse.

Y aquí me viene a la memoria una historia de hace más de dos siglos. La Piedra de Rosetta permitió a Champollion encontrar la clave para descifrar los jeroglíficos egipcios. Salvando las enormes distancias, ¿podría el Centro de Salud de Ubrique convertirse en una pequeña Piedra de Rosetta para comprender algunos de los problemas de la Atención Primaria andaluza? No porque sea un caso idéntico a todos los demás, sino porque ofrece preguntas concretas a las que vale la pena buscar respuesta.

Ubrique, con unos 16.600 habitantes, dispone de once médicos de familia, dos pediatras y cuatro médicos de apoyo, según los datos expuestos por el director del Centro de Salud en el Consejo Municipal de Salud de mayo de 2026 y recogidos en su acta. En esa reunión se informó también de unas 600 consultas extraordinarias al mes, con una ampliación anunciada para noviembre y diciembre.

Al mismo tiempo, los usuarios vienen documentando en capturas de pantalla de ClicSalud+ demoras persistentes de diez a catorce días para conseguir cita con determinados médicos de familia, mientras en otras consultas la espera es mucho menor. Las capturas muestran la disponibilidad ofrecida en esas solicitudes; para conocer la magnitud completa del problema y sus causas hace falta un estudio sistemático. Pero la diferencia está ahí y merece una explicación.

¿Se reparten de manera equilibrada los pacientes con más necesidades? ¿Influyen las sustituciones o la organización de las agendas? ¿Qué trámites podrían simplificarse? Y, sobre todo, ¿por qué se necesitan centenares de consultas extraordinarias mes tras mes? Quizá parte de la respuesta esté en una mejor organización; quizá también se necesiten refuerzos estables. Precisamente por eso hace falta investigar antes de sacar conclusiones. El consejero Antonio Sanz ha planteado la posibilidad de ensayar reformas en determinados centros antes de extender las que funcionen. ¿Por qué no estudiar la candidatura de Ubrique como centro piloto, con participación del SAS, de sus profesionales, del Ayuntamiento y de representantes ciudadanos?

La propuesta no requiere grandes palabras: primero, analizar las causas; después, aplicar las medidas justificadas; y, finalmente, medir si mejoran los resultados. Como punto de partida habría que conocer los días que tarda cada paciente en conseguir cita con su médico habitual, el número de consultas extraordinarias, las ausencias sin cubrir y la continuidad del seguimiento por el mismo médico.

Esos datos tendrían que interpretarse teniendo en cuenta la edad, las enfermedades y las necesidades de los pacientes, sin convertir la evaluación en una clasificación injusta de profesionales. Los resultados deberían hacerse públicos de forma comprensible. No se piden privilegios para Ubrique, sino la posibilidad de aprender de una experiencia que, con las adaptaciones necesarias, pudiera servir a otros centros andaluces.

La reforma del SAS puede abrir un camino útil si se acompaña de objetivos, responsables, plazos y evaluaciones públicas. Un comité de expertos no fracasa por reunirse, pero tampoco triunfa por acumular reuniones e informes. Dentro de un tiempo, su verdadero examen llegará cuando una persona necesite ver a su médico de familia, hacerse una prueba o ser operada. Si la atención es más accesible, oportuna y segura, podremos hablar de avances; si no, habrá que explicar qué ha fallado y corregirlo.

La Piedra de Rosetta permitió a Champollion descifrar los jeroglíficos egipcios. Ojalá el estudio riguroso de experiencias como la de Ubrique ayude también a descifrar algunos de los misterios del SAS. Pero el verdadero éxito no estará en encontrar explicaciones, sino en conseguir que los ciudadanos reciban la atención sanitaria que necesitan, cuando la necesitan.

Dr. Antonio Rodríguez Carrión
Médico. Presidente del Observatorio de Salud «Especialistas ¡YA!»

www.especialistasya.com

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